| Editorial
Según podremos ver en el artículo de este mes “Religión, espiritualidad y psicoterapia” publicado por la revista Journal of Clinical Psychology, nuestras creencias y el modo en cómo nos influyen en nuestras relaciones, juegan un papel importante dentro del contexto terapéutico.
Con motivo del reciente aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se han vuelto a poner de manifiesto la desgraciada situación en la que están estos reconocidos y proclamados Derechos, índice nada conveniente para pensar que las relaciones entre personas estén mejorando.
Si además miramos las relaciones dentro del terreno profesional que hoy en día encontramos en la mayoría de empresas, tanto el vínculo entre los trabajadores, como el de los departamentos y/o el de los diferentes cargos, también sufren de del mismo “mal relacional”. Ejemplos como el trabajo de Patrick Lencioni o Koldo Saratxaga dentro del ámbito empresarial, son representativos de lo que aún hay por hacer para sanear unas relaciones sumamente deterioradas.
Todas estas relaciones que forman un tejido en el que la convivencia es su principal característica, están influenciadas por el paradigma de observación Descartes. Este se caracteriza por la observación de lo que se puede cuantificar. Todo lo demás, sabores, olores, colores, emociones, valores éticos, el alma humana o el reconocimiento de la existencia de un mundo más allá del físico, quedan relegados a la categoría de proyecciones subjetivas de la mente humana.
E. Morin en colaboración del Proyecto transdisciplinario de la UNESCO “Educación para un futuro sostenible" cita sobre el pensamiento jerárquico y absoluto proveniente de la visión cartesiana:
“…separa al sujeto del objeto con una esfera propia para cada uno: la filosofía y la investigación reflexiva por un lado, la ciencia y la investigación objetiva por el otro. Él determina los conceptos soberanos y rescribe la relación lógica: la disyunción. La no-obediencia a esta disyunción sólo puede ser clandestina, marginada, desviada. Este paradigma determina una doble visión del mundo, en realidad, un desdoblamiento del mismo mundo: por un lado, un mundo de objetos sometidos a observaciones, experimentaciones, manipulaciones; por el otro, un mundo de sujetos planteándose problemas de existencia, de comunicación, de conciencia, de destino.”
Así vemos que la jerarquía tal como la concebimos hoy en día, como todas sus formas discipulares que ocupan muchas de las relaciones que participamos diariamente, se han configurado a través de; la clasificación de conceptos; la interrelación subordinada entre estos; y una mirada funcional de su existencia. Dicho de otro modo: se trata de una visión condicionada por una observación del mundo caracterizada: ¿a qué pertenece?, ¿qué papel ocupa?, ¿para qué sirve?
La contraposición a esta visión se da con el concepto de transversalidad, que abre la puerta a un estilo de relaciones basados en la autonomía y la cooperación. Una autonomía basada en la autorregulación y la confianza entre los elementos que forman un sistema. La transversalidad afianza un modelo que considera la realidad externa y la entiende como un elemento más de la sociedad que es generador de nuevas ideas y factor transformador de ambas. Junto a ello, propugna un modelo de educación conectado con la vida, basado en la comprensión y en la acción; promueve visiones globales y un estilo de trabajo orientado a desarrollar la autonomía y la cooperación.
Este cambio de paradigma implica abandonar la visión y actitud de la desconfianza, de control del poder, de la subordinación de las relaciones y de una competencia basada en la coacción, ¿puede realmente también influir en nuestra salud y formas relacionales con sus diferentes agentes?
Una vez más desde Digitalis abrimos la reflexión y discusión sobre este tema a través de cartaslectores@e-digitalis.com
Jordi Vinadé
Editor de Digitalis |