Por desgracia, esta familia es una familia típica de la América del siglo XXI, y, en palabras del propio autor, “si no tomamos medidas para revertir el curso de los acontecimientos, los niños de las sucesivas generaciones parecen destinados a estar más gordos y enfermos que sus padres”.
Al parecer, el impacto real de la epidemia de la obesidad infantil todavía tardará algunos años en llegar, ya que todavía estamos en la primera fase de esta epidemia que empezó ya en la década de 1970, coincidiendo con el crecimiento en el porcentaje de niños obesos o con sobrepeso. Actualmente, en Estados Unidos, aproximadamente un tercio de los niños y adolescentes entraría en la clasificación de obeso o con sobrepeso, aunque por el momento están relativamente sanos y pueden llevar una vida aceptablemente normal. En España, la obesidad infantil ha pasado del 5% al 16% en tan solo 15 años, y a esto hay que añadir un creciente porcentaje de niños con sobrepeso.
Se trata, pues, de un problema por el momento latente que irá empeorando a medida que estos jóvenes se hagan mayores. ¿Cómo afectará la obesidad a la salud física y al bienestar psicológico de los niños a lo largo de los próximos años? ¿Qué efectos tendrá la obesidad infantil sobre la esperanza de vida, la economía y nuestra sociedad en general? El Dr. Ludwig propone contemplar la epidemia de obesidad como un proceso en el que se podrían distinguir cuatro fases sucesivas, aunque con ciertos solapamiento entre ellas.


Fase 1
 Como se ha comentado anteriormente, esta fase comenzó al principio de los años 70 y aún sigue su curso en la actualidad. El peso medio de los niños se va incrementando de forma progresiva independientemente del nivel socioeconómico o grupo étnico de que se trate. Hoy en día, aproximadamente uno de cada tres niños y adolescentes presenta sobrepeso u obesidad, y en ciertas grupos minoritarios esta proporción es todavía superior (1). Sin embargo, a pesar de la atención mediática que haya podido recibir este hecho, el caso es que los niños obesos suelen tardar unos años en experimentar problemas de salud experimentados con su obesidad.

Fase 2

La fase 2 es la fase en la que estamos entrando en la actualidad, y se caracteriza por la aparición incipiente de problemas importantes de salud causados por el sobrepeso (2). Por ejemplo, la incidencia de diabetes tipo 2 ha aumentado significativamente entre los adolescentes en los últimos 20 años, y es ahora más frecuente que la diabetes tipo 1 (insulinodependiente) en determinados grupos étnicos. La presencia de hígado graso en un niño o adolescente era extremadamente infrecuente hace tan solo 20 años, y ahora es un problema que ocurre con mucha frecuencia en los niños obesos. Los problemas derivados de la obesidad pueden repercutir en cualquier parte del cuerpo (por ejemplo, los niños obesos pueden sufrir problemas musculoesqueléticos importantes derivados del sobrepeso, o alteraciones tan dispares como la apnea obstructiva del sueño).
Otro aspecto importante a tener en cuanta es el componente de aislamiento psicosocial al que estos niños pueden estar expuestos a causa de su obesidad, y las complicaciones que ello puede conllevar en el futuro. De hecho, algunos estudios han comprobado que los niños obesos tienen menos posibilidades que los no obesos de terminar estudios universitarios.

Fase 3

Llegar a la fase 3 de la epidemia llevará todavía algunos años, y en ella las complicaciones médicas de la obesidad traerán consigo enfermedades potencialmente mortales. De hecho, en la misma edición de diciembre de 2007 del New England Journal of Medicine se publican varios artículos dedicados en exclusiva al incremento del riesgo de enfermedad coronaria en el adulto que sufren los niños obesos. Las predicciones son poco esperanzadoras: así, Bibbins-Domingo predicen que para el año 2035 la prevalecía de coronariopatía se habrá incrementado del 5 al 16%. Algunos estudios preliminares llevados a cabo en Canadá ponen de manifiesto que los adolescentes con diabetes tipo 2 presentarán un amplio riesgo de amputación de miembros, insuficiencia renal que requiera diálisis, así como muerte prematura. En otros casos, la presencia de hígado graso progresará a hepatitis o cirrosis, la cual puede permanecer asintomática o silente hasta que se ha instaurado un daño hepático irrev ersible.
Curiosamente, ya en la actualidad el riesgo de muerte en la edad media de la vida es el doble en el caso de niñas adolescentes obesas en comparación con aquellas que están en normopeso (3). Algunos autores han predicho que la obesidad pediátrica producirá en el futuro una disminución de la esperanza de vida en los Estados Unidos entre 2 y 5 años hacia mediados de siglo. Esta cifra es extremadamente elevada, especialmente si tenemos en cuenta que esta disminución global de la esperanza de vida es similar al efecto que tienen todos los tipos de cáncer si los pusiéramos juntos (4).

Fase 4

En el caso de no intervenir de forma rápida y efectiva, la fase 4 de la epidemia implicará un incremento de la tasa de transmisión de la obesidad por medio de mecanismos transgeneracionales. Así, los niños obesos tienden a presentar sobrepeso cuando son adultos, en parte porque mantienen sus hábitos alimentarios erróneos. Otro de los mecanismos mediante los cuales la obesidad podría presentar un cierto grado de transmisión genética es el hecho de que presentar sobrepeso en la infancia puede desencadenar ciertos cambios biológicos irreversibles en determinados sistemas hormonales o células grasas, que a su vez podrían producir un incremento del hambre y una consiguiente alteración del metabolismo.
Por otra parte, la obesidad en la edad adulta también es susceptible de incrementar el riesgo de obesidad en los hijos por medio de mecanismos no genéticos. Así, por ejemplo, un estudio reciente demostró que la hiperglicemia materna (una posible complicación de la obesidad) durante la gestación era un factor que predecía la obesidad en los hijos una vez estos tenían 5-7 años de vida, independientemente de otros factores como el peso al nacer o la ganancia de peso de la madre durante el embarazo (5).
En esta fase 4 de la epidemia, el coste sociosanitario de la misma sería inmenso, y según el autor llevaría a un colapso del sistema sanitario norteamericano. De hecho, en el artículo se compara la epidemia de obesidad con el calentamiento global, en el sentido de que una pronta y eficaz actuación podría evitar una situación potencialmente muy desfavorable en un futuro próximo.
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Otras consideraciones
Debemos reconocer que todavía nos queda mucho por aprender sobre la regulación del peso corporal. La experiencia de que disponemos con las dietas bajas en grasa o las dietas hipocalóricas nos demuestra que los aspectos metabólicos de la obesidad son más complejos de lo que se creía inicialmente. Por otra parte, se sabe que el estrés, la falta de sueño y determinados agentes infecciosos o toxinas ambientales pueden influir negativamente en el metabolismo.
Sin embargo, sí conocemos cuáles son los hábitos de vida saludables que ayudan a paliar o prevenir la obesidad. Dichos hábitos incluyen principalmente una dieta saludable y la realización de ejercicio físico regular. Sin embargo, en países como Estados Unidos, el gobierno no proporciona una legislación que regule la publicidad de la comida basura, o favorezca mediante subvenciones, la publicación y distribución de alimentos sanos para los niños (por el contrario, éstos tienen un amplio acceso a las máquinas de chocolatinas y chucherías en los colegios), y subvencione las actividades físicas en la escuela o fuera de ella con la finalidad de que los niños y adolescentes realicen de forma regular ejercicio físico. |
Otro aspecto importante a considerar sería el de la creación de clínicas para el tratamiento de la obesidad y la promoción de hábitos de vida saludables por parte de los profesionales de la salud. El papel de los padres es fundamental en este aspecto. Una de las dietas recomendadas por el Children Hospital de Boston para que los niños y adolescentes pierdan peso se basa en la ingesta de alimentos con baja carga calórica y con alto predominio de carbohidratos lentos, limitando el consumo de carbohidratos rápidos, que se digieren rápidamente y provocan aumentos bruscos de los niveles de azúcar en la sangre. A este último grupo de alimentos que provocan incrementos rápidos del azúcar en la sangre pertenecen el pan blanco, la patata, el arroz blanco y en general los productos hechos con cereales refinados. Por este motivo es más recomendable consumir alimentos hechos con grano integral, verduras, frutas y legumbres, y grasas saludables (aceite de oliva, frutos secos, aguacate).
REFERENCIAS
1. Ogden CL, Carroll MD, Curtin LR, McDowell MA, Tabak CJ, Flegal KM. Prevalence
of overweight and obesity in the United States, 1999-2004. JAMA 2006;295:1549-
55.
2. Ebbeling CB, Pawlak DB, Ludwig DS. Childhood obesity: public health crisis, common sense cure. Lancet 2002;360:473-82.
3. van Dam RM, Willett WC, Manson JE, Hu FB. The relationship between overweight in adolescence and premature death in women. Ann Intern Med 2006;145:91-7.
4. Olshansky SJ, Passaro DJ, Hershow RC, et al. A potential decline in life expectancy in the United States in the 21st century. N Engl J Med 2005;352:1138-45.
5. Hillier TA, Pedula KL, Schmidt MM, Mullen JA, Charles MA, Pettitt DJ. Childhood obesity and metabolic imprinting: the ongoing effects of maternal hyperglycemia. Diabetes Care 2007;30:2287-92.
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